“El debate no debería centrarse en vacunar o no vacunar, sino en cómo y cuándo hacerlo”
En perros y gatos, la vacunación durante la etapa de cachorros resulta fundamental. Su sistema inmunitario es todavía inmaduro y especialmente vulnerable frente a virus y bacterias con una alta capacidad patógena. En este contexto, los protocolos vacunales iniciales han demostrado ser eficaces y necesarios para garantizar una protección adecuada en los primeros meses de vida.
Sin embargo, una vez superada esta etapa, surge una cuestión que cada vez escucho con más frecuencia, tanto en consulta como por parte de las propias familias: ¿todos los perros y gatos adultos necesitan las mismas vacunas, con la misma frecuencia y durante toda su vida?
Desde mi punto de vista, el debate no debería centrarse en vacunar o no vacunar, sino en cómo y cuándo hacerlo. Las vacunas salvan vidas, pero no todos los animales presentan el mismo riesgo ni viven en el mismo contexto epidemiológico. En la práctica clínica actual seguimos aplicando, en muchos casos, protocolos vacunales de forma sistemática, cuando deberíamos individualizar mucho más en función de factores clave: el entorno en el que vive el animal, su nivel de exposición, si viaja o no y la gravedad potencial de las patologías frente a las que se vacuna.
Uno de los conceptos que empieza a generar debate dentro del ámbito veterinario es el de la sobrevacunación, entendida como la administración reiterada de vacunas sin una evaluación previa del estado inmunitario del animal. En la mayoría de los casos, vacunamos sin comprobar si el paciente mantiene títulos de anticuerpos protectores frente a enfermedades para las que ya ha sido correctamente inmunizado.
No conocemos con exactitud las consecuencias a largo plazo de la sobrevacunación en perros y gatos, porque no está suficientemente estudiada, pero sí sabemos que estamos estimulando de forma innecesaria un sistema inmunitario que ya puede estar comprometido. En un contexto en el que los animales de compañía presentan cada vez más patologías crónicas —como alergias o enfermedades autoinmunes—, considero que esta sobreestimulación inmunitaria podría estar contribuyendo, al menos en parte, a la aparición, perpetuación o empeoramiento de este tipo de cuadros clínicos.
Desde un enfoque de medicina preventiva más actualizada, creo que es necesario revisar algunos criterios clave antes de decidir la revacunación en perros y gatos adultos.
Por un lado, contamos con test de anticuerpos. Existen pruebas serológicas que permiten medir la presencia de anticuerpos frente a determinadas enfermedades, lo que ayuda a valorar si el animal mantiene una inmunidad protectora tras vacunaciones previas. En perros, estos test se utilizan principalmente para hepatitis infecciosa, parvovirus y moquillo, y en gatos para panleucopenia, herpesvirus y calicivirus. La presencia de anticuerpos vacunales indica que no es necesario revacunar en ese momento.
Otro aspecto fundamental es la epidemiología y el riesgo real. La vacunación debería adaptarse al contexto epidemiológico y al riesgo individual. No es lo mismo un animal que vive en una zona con alta prevalencia de determinadas enfermedades, que otro cuya exposición es mínima. Este criterio cobra aún más importancia en animales que viajan, de forma muy similar a lo que ocurre en medicina humana con las vacunas exigidas para determinados destinos.
También es imprescindible tener en cuenta el historial clínico y el estado de salud del paciente. Uno de los errores más frecuentes que observo es la aplicación de calendarios vacunales sin revisar el historial veterinario completo. A excepción de las enfermedades autoinmunes —en las que sí evitamos la vacunación—, diagnósticos previos como alergias o reacciones adversas a vacunas anteriores deberían formar parte activa de la toma de decisiones. Un cachorro, un adulto sano y un paciente con patologías crónicas no deberían abordarse de la misma manera.
Además, conviene recordar que el sistema inmunitario no actúa de forma aislada. Factores como la alimentación, el estrés, la salud digestiva o el estado nutricional influyen directamente en la respuesta inmunitaria. Para mí, la medicina preventiva en el siglo XXI pasa por una vacunación y desparasitación individualizadas, una alimentación basada en una dieta completa y equilibrada a partir de productos frescos y la realización de analíticas completas anuales —incluida la vitamina D—, cuyo papel en el sistema inmunitario es cada vez más relevante y cuyos niveles suelen estar alterados en muchas enfermedades crónicas.
Cuestionar protocolos no implica rechazar la vacunación. Hablar de vacunación responsable no es ser antivacunas, es ejercer una medicina más rigurosa y adaptada al paciente. Igual que en medicina humana, la prevención debe individualizarse. Vacunar cuando toca, lo que toca y al animal que lo necesita es cuidar mejor, no menos.
En un momento en el que las familias están cada vez más informadas e implicadas en la salud de sus animales, el reto para la veterinaria pasa por abandonar inercias y avanzar hacia una medicina preventiva basada en la evidencia, el contexto y el individuo. Porque prevenir no siempre significa hacer más, sino hacerlo mejor.

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